Él era un adolescente idealista, con grandes sueños, creía
en el comunismo, un tanto depresivo de
estilo, tenía metas poco claras, grandes sueños, quería amar y ser amado, un
tipo que le gustaban las bandas de rock pesado, él era quien conoció a dos
amigas inseparables, unidas por algo más que la amistad y no me refiero a nada lésbico.
Una de ellas, sin duda la más importante en la vida, claro conoció todas las
etapas, conoció al joven comunista e idealista, conoció al leguleyo deprimido,
y al psicólogo en formación cansado. Conoció al ciego feliz de ser ciego y al
triste ciego humillado por el sistema.
Sin duda despedirse de alguien cuesta mucho, sobre todo si
lo haces por teléfono, solo tendrás que decir adiós, pero, jamás dirás lo que
verdaderamente sientes. El recuerdo de aquella despedida es que no podía preocuparse
de quien importaba, que nunca estaba para ella, sin duda así era, una vida de
caos, esa era la etapa de soltería y despecho, conviviendo con los demonios que
mutaban y originaban desfases intelectuales y sexuales.
Nunca me despedí, nunca lo haré, nunca estuve y nunca lo
estaré, porque, tú siempre estás ahí a la sombra, porque eres como una madre,
como una amiga que no olvida y aunque dijiste creer olvidar, sabrás que vive
una amistad, que un día se recompondrá, porque entre el ciego leguleyo y el
joven comunista pasaron años de separación.
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Dime que el mundo ya no es tan violento